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Thursday, July 19, 2018

Agravamiento de la crisis en Nicaragua: Pese a condena internacional por DDHH, Ortega asegura que el país avanza “en la paz y la seguridad”



Ex “Comandante Dos”: “La crisis se resuelve con la renuncia de Ortega”




Dora María Téllez, quien junto al “Comandante Cero” liderara la toma al Palacio Nacional en 1978 -hito clave de la Revolución Sandinista-, dice que el actual Presidente de Nicaragua se convirtió en Somoza.

¿Ortega se transforma en Somoza?

En las manifestaciones contra el gobierno nicaragüense se han visto carteles en los que se compara a Daniel Ortega con Anastasio Somoza.

Excompañeros de armas del líder sandinista consultados por La Tercera, además de la oposición nicaragüense, sostienen que la represión, la corrupción y un régimen totalitario y dinástico son los elementos comunes entre Daniel Ortega y Anastasio Somoza.


Hace exactos 39 años, el 19 de julio de 1979, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), liderado por el comandante Daniel Ortega, entró triunfante a Managua, poniendo fin a la larga dictadura de Anastasio Somoza. La victoria de la Revolución Sandinista marcó el destino de Nicaragua durante la siguiente década, hasta que en 1990 fueron derrotados en las urnas. Ortega no se dio por vencido e hizo todo lo posible para retomar al poder. Entonces, negoció con sus antiguos enemigos políticos, rompió con parte importante de sus camaradas, abandonó los sueños del sandinismo y finalmente logró lo que siempre quiso: ganó las elecciones de 2006, aunque a los pocos años transformó su gobierno en un régimen totalitario, marcado por el nepotismo, acusaciones de corrupción y dos cuestionadas reelecciones (2011 y 2016) que lo han llevado a superar los años que el propio Somoza estuvo al mando de uno de los países más pobres de Centroamérica.
Precisamente, cuando el pasado 18 de abril estallaron las protestas contra la reforma previsional de Ortega, varios de los manifestantes salieron a las calles -primero en Managua y luego en otras urbes del país- con carteles comparando a su presidente con Somoza. “¡Daniel y Somoza son la misma cosa!”, han gritado durante ya tres meses los opositores de Ortega.
Aunque en estricto rigor la Nicaragua de los años 70 enfrentó un escenario de guerra civil, con un estimado de 50 mil muertos, las comparaciones entre Somoza y Ortega no son necesariamente por el número de fallecidos (más de 350 desde abril pasado), sino que por el estilo dictatorial, la acumulación de riqueza, el manejo de la policía, la corrupción y las violaciones a los derechos humanos.

“Ortega ha ejecutado un genocidio igual que Somoza”, afirma Dora María Téllez, conocida como la “Comandante Dos” y figura clave de la Revolución Sandinista. “Tenemos una dictadura familiar con pretensiones dinásticas”, agrega, al teléfono desde Managua.

Anastasio Somoza Debayle gobernó Nicaragua con mano de hierro entre 1967 y 1972, y luego entre 1974 y 1979. Es decir, estuvo durante una década al mando de su país. Pero en rigor, su familia gobernó durante cuatro décadas, desde los años 30 en adelante. Si llega a 2022, Ortega habrá gobernado durante 15 años de manera consecutiva, más los 10 años en que estuvo al mando del país tras el triunfo de la Revolución Sandinista. De todos modos, ya lleva más tiempo de lo que estuvo Anastasio Somoza García (19 años en total) y Somoza Debayle (10 años en total).

El petróleo de Hugo Chávez

“Las comparaciones son entre Daniel Ortega y Anastasio Somoza Debayle, porque este último es quien aún está en la memoria colectiva de los nicaragüenses. Yo no recuerdo un período de tres meses de la dictadura somocista con tantos muertos y tanta represión”, cuenta a La Tercera Luis Carrión, uno de los nueve comandantes de la Dirección Nacional del FSLN que dirigió Nicaragua entre 1979 y 1990. De esta manera, mientras Somoza manejó como quiso a la Guardia Civil, Ortega está al mando de la policía y grupos paramilitares como los que el martes lograron retomar Masaya, el mayor bastión de la oposición.

El otro punto donde hay similitudes es en el carácter dinástico de ambos regímenes. En el caso de los Somoza, primero gobernó Somoza García (1937-1947 y 1950-1956), luego su hijo Luis Somoza Debayle (1956-1963) y finalmente el hermano de este, Anastasio Somoza Debayle (1974-1979). En el caso de los Ortega, su esposa es desde enero de 2017 la vicepresidenta, mientras que siete hijos de la pareja figuran en cargos clave. “El poder está concentrado en la familia Ortega, no en el partido. Es un régimen dinástico”, advierte Carrión.

También parte de la prensa nicaragüense y los detractores de Ortega han puesto énfasis en la corrupción generalizada del país. “Los Somoza jamás acumularon tanto poder económico como Ortega. Daniel Ortega tuvo la suerte de establecer un convenio de petróleo con Hugo Chávez. Pero el dinero proveniente de esa venta barata de petróleo se lo apoderó Ortega. Se embolsó más de cuatro mil millones de dólares”, denuncia a La Tercera Hugo Torres, excomandante sandinista y el único que participó en dos hitos clave en la lucha contra la dictadura de Somoza: la toma de la casa de Chema Castillo y la del Palacio Nacional. “Daniel Ortega es peor que Somoza”, concluye.

“Tacho y Tachito”

De acuerdo con el diario nicaragüense La Prensa, en 40 años los Somoza acumularon una fortuna de US$ 500 millones, mientras que la de Ortega sería de US$ 3.500. Tanto ese periódico como analistas nicaragüenses y excompañeros de armas de Ortega coinciden en que el líder sandinista controla el Poder Judicial, la Asamblea Nacional y el órgano electoral.

“Tacho”, como le decían a Somoza García, solía vanagloriarse: “Plata para los amigos, palo para los indiferentes, plomo para los enemigos”. Y lo mismo habría repetido “Tachito”, su hijo. “Aquí las reglas las pone la Constitución, a través del pueblo. Las reglas no pueden venir a cambiarlas de la noche a la mañana porque se le ocurrió a un grupo de golpistas”, dijo Ortega días atrás.


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El presidente de Nicaragua junto al jefe de la policía, Francisco Díaz. Foto: AFP




"De la mano de Dios, seguiremos avanzando en el fortalecimiento de las instituciones y en los caminos de bien común que constituyen la fortaleza de nuestra Revolución", señala el comunicado emitido desde Managua.





El gobierno de Nicaragua aseguró este miércoles que el país avanza en la seguridad y la paz, y dio “gracias a Dios por las victorias” que, según el Ejecutivo, alcanzó en los últimos días. Esto en alusión al operativo policial realizado en la localidad de Masaya, bastión de las revueltas populares.
La administración Ortega consideró una “victoria” eliminar las barricadas levantadas por los ciudadanos masayas y el desalojo de los jóvenes activistas. Agregó que esto fue un triunfo “de la paz, del amor, del espíritu y la grandeza cristiana, socialista y solidaria”.
Sin embargo, el martes, día en que se llevó a cabo la “Operación Limpieza”, las fuerzas combinadas gubernamentales, formadas por policías, parapolicías, paramilitares y antimotines, se cobraron la vida de tres personas en la localidad, entre ellas un menor de 15 años de edad.

El Ejecutivo, que omitió esas muertes en el comunicado remitido a la prensa, señaló que trabajó “por la seguridad, la paz y la vida en una voz y con un solo corazón” desde que comenzaron las protestas civiles el pasado 19 de abril, fecha desde la cual más de 350 personas han fallecido en enfrentamientos con las fuerzas sandinistas, además de detenciones arbitrarias, desapariciones e incendios en casas y establecimientos, en los que, al menos, 6 personas resultaron muertas y varias decenas heridas.
“De la mano de Dios, seguiremos avanzando en el fortalecimiento de las instituciones y en los caminos de bien común que constituyen la fortaleza de nuestra Revolución”, explica la nota, que añade que la “opción preferencial por los pobres se alza frente a todas las perversidades del plan terrorista y golpista”, agregó la nota oficial.
El Presidente Daniel Ortega acusó, desde el comienzo de las revueltas populares, que los manifestantes y quienes los apoyan buscan dan un golpe de Estado y derrocarlo, y considera que hay “una infame y falsa campaña mediática, una minoría llena de odio que se quiso imponer en Nicaragua”.
Las protestas contra el gobierno que comenzaron el pasado abril se convirtieron en un reclamo que pide la renuncia del Mandatario, después de 11 años en el poder, con acusaciones de abuso y corrupción en su contra.




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La violenta crisis política que atraviesa Nicaragua no es nueva, viene desarrollándose ante la mirada de la comunidad internacional desde hace años, tras el sostenido acaparamiento de los espacios de poder por parte del régimen de Daniel Ortega. Casi en paralelo a la deriva autoritaria observada en los últimos años en Venezuela, el gobernante nicaragüense fue tomando el control, desde su llegada a la presidencia en 2007, de los distintos organismos del Estado. Sus hijos ocupan altos cargos clave en el gobierno, en las empresas públicas y en medios de comunicación proclives al régimen, mientras que su esposa se convirtió formalmente en enero de 2017 en vicepresidenta del país, trasparentando un poder que ya venía ejerciendo en la práctica. Todo generó una sostenida y acelerada degradación institucional que terminó estallando hace tres meses, luego de la polémica decisión del gobernante de impulsar un cambio al colapsado sistema de seguridad social del país.
La reforma previsional -que fue revertida por el gobierno poco después de iniciadas las protestas- se convirtió así en el catalizador de un descontento mucho más profundo que se alimentaba del sostenido abuso de poder impuesto por el régimen de Daniel Ortega, que no solo llevó a que muchos de sus antiguos aliados se alejaran de él sino que incluso motivó comparaciones con el exdictador nicaragüense Anastasio Somoza, al que el propio Ortega combatió. De la mano de las fuerzas de seguridad y de grupos paramilitares apoyados por el gobierno, el régimen ha llevado a cabo en estos tres meses una violenta represión contra los manifestantes opositores que ya acumula más de 300 muertos. Un hecho que sumado al fracaso de la mesa de diálogo encabezada por la Iglesia Católica revela una “situación alarmante y que cada día empeora más”, según palabras del secretario ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA (CIDH).
En ese sentido es un paso positivo la dura condena expresada el lunes por 13 países de la región -incluido Chile- en la que se “exige el cese inmediato de los actos de violencia (…) y el desmantelamiento de los grupos paramilitares” y se llama a “reactivar el diálogo”. Como también lo es la aprobación ayer de una resolución de la OEA que “condena” la represión y “urge al gobierno de Nicaragua a participar activamente y de buena fe en el Diálogo Nacional”. Pero a la luz de los niveles de violencia en el país ambas declaraciones no sólo resultan insuficientes sino que vuelven a demostrar la tardía reacción de la comunidad regional ante un caso evidente de violación de los DDHH y de pérdida de garantías democráticas. Y en el caso de la OEA, la crisis nicaragüense deja nuevamente en evidencia sus limitaciones y, la ineficacia de la Carta Democrática Interamericana.
Es, sin duda, importante que la crisis esté hoy en el foco de atención mundial y se hayan redoblado los esfuerzos internacionales para poner fin a la violencia y regresar a la mesa de diálogo. Sólo así será posible buscar un acuerdo que permita adelantar las elecciones y darla una salida institucional a la crisis. Sin embargo, como ha advertido el secretario de la CIDH, el riesgo es que ya sea demasiado tarde y que “los caminos de una solución pacífica” se hayan vuelto “inviables”.

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